Relatos con prostitutas prostituta callejera

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Eran las traseras de una calle principal donde estaban los bares y restaurantes de moda de la ciudad. En la sucia y oscura callejuela había repartidos varios grupos de contenedores de basura. Cada grupo estaba separado unos metros del otro. Los gatos y las ratas, ambos del mismo tamaño, rebuscaban entre la basura de los restaurantes.

El olor a podrido de los restos de las comidas envolvía el lugar, pero eso era lo que menos preocupaba a la puta. Caminaba con paso decidido a pesar de los continuos escalofríos. Luego ya pensaría qué hacer. Al pasar por delante de unos de los contenedores le pareció escuchar una especie de gemido. Un instinto que estaba por encima de su abstinencia la obligó a detenerse y a aguzar el oído. Efectivamente había algo dentro del contenedor que emitía lo que podría llamarse unos quejidos.

En un principio creyó que era una cría de gato. Pensó que tal vez podría sacar algo por el cachorro. Recordaba que la pareja de camellos a los que iba a comprar la droga tuvieron una gata que luego desapareció, tal vez quisieran hacerse con otra mascota. Abrió el contenedor y cual fue su sorpresa al ver que se trataba de un recién nacido que aun conservaba su cordón umbilical. Estaba desnudo con el cuerpo manchado con restos de basura, sangre y placenta.

Lo cogió y enseguida notó que el cuerpecito apenas emitía calor. Se quitó la chaqueta, lo envolvió con ella y trató de meterlo en el bolso que llevaba colgado del hombro, pero no cabía así que decidió llevarlo en brazos. Sus camellos eran gente de contactos y podría interesarles el bebé. Seguramente podrían sacarle unos cuantos miles de euros. Ella sabía que había matrimonios que no podían tener hijos y que estaban dispuestos a pagar una buena cifra por agenciarse uno. Después de esos pensamientos se sintió esperanzada.

Si se lo hacía bien y jugaba sus cartas con cabeza podría conseguir una buena cantidad de droga a cambio del bebé, la suficiente como para no tener que preocuparse en una buena temporada. Aceleró el paso, quería llegar cuanto antes a casa de sus camellos para hacer el intercambio y llevarse toda esa droga con ella.

No podía creerse la suerte que había tenido al encontrarse al bebé. Estaba dichosa y feliz, ya se veía regresando a casa con una buena cantidad de heroína en su poder. Sentía tan cerca la droga que sus escalofríos y temblores apenas la afectaban. Por fin llegó al barrio donde vivía la pareja de camellos. Era una urbanización a las afueras de la ciudad, con casas de una sola planta y jardín trasero.

No era un mal sitio para vivir. La puta se dirigió a una de las casas, la bordeó y entró en el jardín. Se acercó a la puerta trasera y llamó. Fue Carol la que abrió. La puta entró y cerró la puerta. Se entraba directamente al salón, que era bastante amplio y estaba separado de la cocina por un mostrador. Víctor, que estaba totalmente ciego de setas, estaba al fondo del salón tratando de montar una pista de Scalextric.

Fumaba de un porro de hierba y la estancia entera apestaba a marihuana. Víctor tenía cuarenta y pocos años, llevaba gafas y perilla que le daban un aspecto de intelectual chiflado. Estaba tan centrado en lo que estaba haciendo que no prestó ninguna atención a la llegada de la puta.

La puta se quedó en el centro del salón sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Finalmente se armó de valor y pronunció una frase: Y apartó la chaqueta con la que cubría al bebé para que pudiesen verlo.

Carol abandonó la vista del televisor y la puso sobre la criatura que mostraba en sus brazos la puta. Víctor seguía montando la pista de juguete sin hacerles el menor caso. Cuando estuvo delante examinó al bebé. La puta inspeccionó al bebé. Víctor asintió con la cabeza sin dejar de observar el cuerpo del bebé. La puta temió que se iba a quedar sin droga y empezó a sentirse enferma. Te he dicho que te largues.

Vuelve cuando te hayas deshecho del bebé — concluyó Carol. En menos de diez minutos estaría de vuelta y podría conseguir, al fin, su droga. Carol deseaba que la puta saliese cuanto antes de la casa y con ella el bebé muerto.

Víctor lo cogió y con los brazos estirados lo miró de arriba abajo. Le llamó la atención el trozo de cordón umbilical que colgaba de su tripa y empezó a soplar para que se moviera.

La puta había perdido toda esperanza de sacar provecho del bebé y la pregunta la pilló por sorpresa. Es que te has vuelto loco — protestó Carol. Prostitutas Badajoz prostitutas baratas barcelona prostitutas jovenes.

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